Después de dos meses y medio en Montenegro, llegó el momento de continuar el viaje por los Balcanes. El verano ya había terminado y se sentía por la falta de turistas, la tranquilidad de las calles y las temperaturas. Lo sentía en carne propia cada día al abrigarme con las únicas cuatro prendas relativamente gruesas que llevaba en la mochila y el gorro de lana con el que cubría mi cabeza rapada. Sí, lo sé, es mala idea raparse cuando viene el invierno en Europa. Ya lo había aprendido.
El siguiente destino estaba ahí, muy cerca, esperando mi visita. Yo también esperaba con ansias poder viajar a dedo por la misteriosa Albania.
¿Albania, pero qué harás en Albania?
Esa fue la pregunta que muchos me hicieron cuando les conté que iba a visitar el país. Albania no goza de buena fama en Europa. Es considerada un país peligroso donde la “mafia” lo controla todo, del tercer mundo, un lugar donde no hay nada interesante para hacer y ver, ubicado en el patio trasero del continente.
Estos antecedentes harían cambiar de planes a la gran mayoría, seguro que tú también lo pensarías antes de viajar. Yo también hace algunos años, pero ahora no, por el contrario. Hace un tiempo que comencé a tener la necesidad de ver las cosas con mis propios ojos. Sentirlas y vivirlas en primera persona. Esa curiosidad, deseo y comezón que tenemos todos los viajeros (sí, tú también) por conocer y viajar a lugares diferentes, destinos poco convencionales para la gran mayoría, se manifiestan constantemente en mi cabeza.
No hay nada mejor para romper la paranoia comunicacional que absorvemos a través de los medios, que ver las cosas in situ, donde suceden y cómo ocurren.
Entonces, ¿Por qué no viajar a Albania?

Después de más de dos meses sin hacer autostop, ya que en Montenegro no lo hice (solo al llegar a Kotor desde Dubrovnik), debido a que me movilicé junto a amigos, tocaba volver a la ruta. Fue un poco extraño volver a la carretera, ya que resurgieron todo tipo de sensaciones que no había experimentado por algún tiempo. Incertidumbre, miedo, curiosidad, alegría, confianza y ansiedad, son solo algunas de las cosas que volvieron a pasearse por mi cabeza.
Además, Abania parecía ser un destino muy diferente en comparación con lo que venía viviendo, lo que aumentaba la intensidad de esas emociones a medida que se acercaba la fecha de salida.
Había preparado todo listo para salir por la mañana temprano. Había revisado en Hitchwiki (guía para hacer autostop) las sugerencias de otros viajeros, que marqué en mi mapa. También revisé Google Maps para tener una idea de cómo eran los caminos en Albania.
¿Y la mochila? La mochila siempre estaba lista para viajar.
Viajando a dedo por Albania: el comienzo del viaje
El día estaba perfecto: despejado y sin lluvia. Montenegro me despidió de la mejor manera. No podía dejar el país en medio del temporal del día anterior. Pasé unos meses increíbles en el país y teníamos que despedirnos bajo el mismo ambiente en el que nos habíamos conocido una tarde de septiembre en la bella ciudad de Kotor.
A las 8 de la mañana ya estaba caminando hacia una gasolinera en la carretera en dirección a Shkodra (Shkodër) en Albania. A medio camino un señor paró y haciendo señas para que me subiera a su auto. Me acerqué a la ventana para mostrarle el letrero que había hecho con el nombre de mi destino y confirmar si iba en la misma dirección, lo cual confirmó moviendo la cabeza. No lo dudo mucho y me subí casi de un salto en el pequeño auto que manejaba. ¡Pero qué fácil! No me ha tomado ni un minuto lograr el primer viaje, la suerte está de mi lado, pensé ingenuamente mientras me colocaba el cinturón de seguridad.

Pero lo que viene fácil, fácil se va, ya que el viaje apenas duró unos pocos metros. El señor, en un segundo, me bajó del cielo al infierno autoestopista al querer cobrarme por el viaje hasta Tuzi (última ciudad antes de la frontera). Le expliqué que estaba viajando a dedo y que no necesitaba viajar en taxi. No entendió e insistió en que tenía que pagar si quería continuar el viaje con él. Como no llegamos a un acuerdo, me bajé a 20 metros del lugar en el que estaba antes. No quería interrumpir su jornada, ya que al parecer trabajaba como taxista y tampoco quería pagar. Era demasiado bueno para ser cierto.
Al llegar a la gasolinera busqué un lugar con espacio suficiente para que los autos se pudieran detener y me instalé siguiendo el manual: mochilas adelante, cartel con el nombre de la ciudad de destino y una gran sonrisa. Ya tenía este procedimiento instaurado en mi cabeza. Por mucho que lo parezca, no es llegar y pararse al lado de la ruta. Hacer autostop tiene algunos trucos que hay que considerar para conseguir viajes lo más rápido posible.

Después de una hora y media saludando conductores, uno de ellos se detuvo. Era una furgoneta y su conductor se llamaba Bobo, un montenegrino que tenía un negocio en Tuzi, quien se ofreció amablemente a llevarme a la ciudad. Después de presentarnos y decirle que viajo a dedo, no tarda en ofrecerme comida y un lugar para tomar una ducha. Al ver mi carpa, piensa que he pasado la noche en la calle. Le agradezco un montón y le explico que no es necesario, ya que había dormido en un hostal. Estaba preocupado por el lugar donde había pasado la noche, puesto que había llovido mucho.
Tras 20 minutos de viaje llegamos a Tuzi, una pequeña ciudad cuya principal avenida es la carretera que une Podgorica con Albania y en la cual no viven más de 5000 personas.
Al separarnos, caminé unos 300 metros hasta llegar al siguiente lugar para seguir haciendo dedo. Estaba muy cerca de Albania y lo podía ver en la calle, ya que la mitad de los autos que pasaban tenían patente albanesa. Confiaba en salir rápido de ese lugar y llegar pronto a la frontera.
No eran más de 15 km los que me separaban de un nuevo país.

Después de 40 minutos, se detuvo un auto con 4 pasajeros a bordo. Esto último me hizo desconfiar un poco, ya que pensé que era otro taxista que intentaría cobrarme como el señor de Podgorica. Al acercarme, se bajaron dos personas. Mientras uno abría la maleta, el otro me preguntó si hablaba alemán. ¿Alemán? Con sorpresa respondí “ein bisschen” (un poco) para luego agregar que iba camino a Shkodra. Me cuentan que también van en esa dirección, por lo cual aceptan llevarme sin problemas. ¡Albania allá voy!
Aunque suene extraño, nos vamos conversando en alemán. Dos de ellos vivían en Berlín e iban a Albania para visitar a sus familiares. Los otros dos han venido desde Elbasan para recogerlos en el aeropuerto de Podgorica.
Se estima que hay más de 2.000.000 de albaneses viviendo fuera del país, lo cual representa más del 40% de la población. La gran mayoría abandonó Albania luego de la caída del comunismo y la crisis económica y social que afectó al país durante los 90 y no volvió más.
Uno de ellos, el que va a mi lado, es el que más habla y el más curioso. Me pregunta el nombre, de dónde soy, mi edad, para dónde voy y cuánto tiempo llevo viajando. A decir verdad, estas son las principales preguntas que me hacen cuando viajo haciendo dedo.
¡Soy de Chile! ¿Conocen Chile? “Kili” responden a coro, mientras me miran sorprendidos, tratando de entender qué hacía un tipo del otro lado del mundo viajando a dedo por su país. Por mi parte grabo en mi cabeza la palabra que acabo de aprender: «Kili», Chile en albanés.
La conversación se interrumpe por unos minutos al llegar a la frontera. Salimos de Montenegro sin problemas, ni siquiera me timbran el pasaporte (yo quería el sello). Luego pasamos a la oficina del lado albanés. Mientras el policía revisa el pasaporte de todos y especialmente el mio, le explican que me han recogido unos kilómetros antes y que estoy haciendo autostop. El policía me mira mientras pasa los pasaportes por el lector y se ríe. Los devuelve y se despide sin decir nada. Mientras retomamos la marcha, reviso el pasaporte para confirmar si lo ha timbrado, pero nada, tampoco lo hizo. Un poco preocupado le pregunto a mis compañeros de viaje por el timbre, pero no dicen nada, no les extraña. Parece que es una práctica frecuente. Me quedo pensando unos minutos acerca de los timbres, lo único que espero es no tener problemas en el futuro por no tenerlos.
Ya en Albania preguntan que me parece lo que veo por la ventana. ¡Me gusta!, respondo. Se muestran asombrados, parece que no lo creen.
La carretera se abre camino a través de pequeños poblados dominados por campos utilizados para la agricultura. En la otra dirección van quedando atrás las imponentes montañas del norte del país, mientras que por la derecha el lago Skadar, el más grande de los Balcanes, nos acompaña con su tranquilidad en cada kilómetro que avanzamos. Se ven campesinos acarreando ganado, vendedores de choclo al costado de la ruta, carretas cargadas de vegetales, pasto para los animales y muchas gasolineras. Es un paisaje completamente diferente al de los últimos meses. Me gusta, aunque no me crean.
Les pregunto si conocen Himara, ciudad del sur de Albania donde pretendo llegar. Me dicen que es un bonito lugar, pero que ahora hace mucho frío. “Tirana es mejor, hay de todo”. “Es la mejor ciudad de Albania”, me cuentan entusiasmados.
De pronto, no sé como llegamos a ese tema exactamente, comenzamos a conversar sobre un tema delicado: “la mafia albanesa”.
La “Mafia Albanesa” es el nombre con el que se conoce popularmente a las actividades que realizan grupos criminales radicados en el país. Tienen redes a lo largo de toda Europa e incluso, otros continentes. Por esto último, es considerada una de las más peligrosas a nivel mundial.
Seguimos hablando de Tirana. Dicen que hay mucho dinero, que se ven autos lujosos, famosos clubes nocturnos y que hay muchas cosas para hacer. Luego agregan que es probable que todo eso sea debido a que desde ahí se mueve todo lo relacionado con las actividades de la mafia y la corrupción.
Para meterle más pimienta al tema, me ponen al tanto de las noticias policiales de Shkodra: un par de meses atrás habían asesinado a cinco personas por asuntos que «probablemente» tengan que ver con la mafia. Los escucho con atención, se nota que no es algo que los enorgullezca, pero están conscientes del problema, un problema que afecta a todo el país y que no pueden pasar por alto.
Después de hablar de este tema no hablamos mucho más. Ya quedaba poco para llegar.
Al llegar a Shkodra, me dejan en una pequeña calle del centro. Al despedirnos, lo hacemos en alemán, español y albanés: “Danke schön, muchas gracias y faleminderit”.
Tomé mis cosas y caminé rápido hacia el otro extremo de la ciudad para continuar el viaje. Vendedores ambulantes, decenas de cafeterías, tiendas con todo tipo de productos, edificios algo desatendidos y otros muy modernos, panaderías, “burekterías”, casas de cambio y banderas de Albania por todas partes integraban el paisaje de la avenida principal de la ciudad. Aunque era domingo, había mucho movimiento y tráfico. Con lo segundo tengo mis primeros roces con el país: nadie respetaba las normas de tránsito. Conductores y peatones por igual. Los pasos peatonales parecían decoraciones más que instrumentos de orden vial. De locos.

Después de 40 minutos de caminata ya estaba fuera de la zona urbana y apostado a un costado de la única ruta que iba hacia Tirana. El lugar no era de los mejores, ya que estaba antes de un puente, pero tenía espacio suficiente para que los autos pudieran detenerse. Eso era lo principal.
Sin embargo, nadie paraba. Los únicos que lo hacían eran minibuses y taxis informales que trataban de convencerme para ir con ellos. Con una sonrisa y un “no money, no leks”, evitaba que siguieran insistiendo.
Con el correr de los minutos comencé a preocuparme. Con el horario de invierno a las 4 de la tarde ya se oscurecía y bajaba la temperatura. Llevaba más de una hora esperando y se estaba poniendo bastante fresco.
Estaba un poco decepcionado. Los viajeros que había conocido en Montenegro y la información que había leído en algunos blogs sobre hacer autostop en Albania, contaban lo facilísimo que era hacer dedo en estas tierras. Algo así como que ni siquiera tenías que pedirlo, ya que la gente te veía con la mochila y ofrecía llevarte. Hasta ese momento, mi experiencia estaba siendo completamente diferente. Los que paraban lo hacían solo para cobrarme.
Cuando estaba pensando en volver y pasar la noche en Shkodra, alguien se detuvo. ¡Al fin!
Después de asegurarme de que no era otro taxista, subí mis cosas y me senté junto al conductor para emprender el viaje a Tirana, la capital de Albania.
El conductor (“Ed” desde ahora) hablaba solo albanés. Nada de inglés ni italiano (idioma muy común en Albania) y mucho menos español. Como podemos nos presentamos e intercambiamos la información básica entre todo autoestopista y conductor: nombre, país de origen y destino.
Mientras suena la radio a todo volumen con una especie de “Beyoncé o JLO” albanesa, intentamos conversar un poco más. No tenía internet, pero “Ed” saca su celular y pide que le hable al traductor de Google para entender lo que quiero preguntarle. Le pregunto de dónde es, si de Tirana o de Shkodra. Me responde a través del traductor, entusiasmado, que es de Shkodra, pero que va a Tirana porque tiene una cita con una chica de la capital. Le habla de nuevo al traductor para explicarme que es la primera vez en la que se van a reunir. En ese minuto entendí la prisa con la que maneja. Adelanta y aprieta el acelerador cada vez que puede sin importarle mucho el resto de los autos. Al parecer va atrasado.
Pasamos frente a una patrulla policial, pero poco parece importarle. Mientras acelera, saca de la guantera una placa y me la muestra. “Ed” era policía. Luego me pasa el teléfono para mostrarme una foto con su ropa de trabajo: uniforme, metralleta y una máscara que apenas dejaba ver sus ojos. «Debe trabajar en las fuerzas especiales«, pienso mientras lo imagino tirado en el piso en punta y codo al estilo Rambo.
Me tranquiliza saber que voy en el auto de un policía. Aunque minutos más tarde pienso: ¿qué tan seguro puede ser? La policía albanesa no tiene fama de ser de las más correctas debido a las relaciones con la mafia y a los casos de corrupción que se le cargan.
Dejé de preocuparme de eso y comencé a mirar por la ventana los campos de oliva, los viñedos, las decenas de casas vacías, las que estaban a medio construir y el sol que se iba poniendo por el oeste, por donde está el mar. “Ed” responde una llamada de su “cita a ciegas” y luego sube el volumen de la radio para escuchar por quinta vez la misma canción. Yo voy hipnotizado por el paisaje de mi nuevo país.
Menos de dos horas nos tomó llegar a Tirana. Al bajarme del auto, escucho un “Chao amigo” con un extraño acento albanés que “Ed” grita por la ventana antes de perderse en el caótico tráfico de la capital. Al final ya nos entendíamos mejor.

Mi amigo albanés me dejó junto a la carretera que conduce a Durrës, ciudad costera al oeste de Tirana. Estaba a mitad de camino y quedaban menos de dos horas de luz natural. Tenía claro que no iba a llegar a Himara, pero no quería pasar la noche en Tirana. Tenía que, al menos, llegar a Durrës.
Comencé de nuevo con el dedo justo en una de las entradas a la carretera. No había mucho espacio, pero no era problema para los albaneses que frenaban en cualquier parte. Después de diez minutos de espera, se detuvo una persona, ¡qué rápido!
El conductor tenía unos 22 años y hablaba muy poco inglés. Nos ponemos a conversar, pero algo va mal. Lo siento. De la nada me pregunta sobre los taxis en Chile, quería saber qué tan caros eran. ¿Taxis? Pregunté de nuevo para confirmar si había entendido bien. Sí, taxis, responde.
El interés venía, ya que era taxista y trabajaba como tal entre Tirana y Durres. Al escuchar esto, me apresuré a decirle que estaba viajando a dedo por Albania y que no necesitaba taxis. También le dije que me podía bajar en ese punto de la carretera (había una gasolinera cerca) para que siguiera con su trabajo. El chico sonrió nerviosamente y asintió con la cabeza. No tenía idea de lo que significaba eso. No sabía si tenía que bajarme o iba a seguir conmigo hasta Durrës. Lo único que esperaba era que no se molestara más o que me obligara a pagar el viaje.
Luego de avanzar un poco, tomó la primera salida que vio y dimos la vuelta. Estábamos en Vorë. Él volvería a Tirana, por lo que debía bajarme ahí. Le agradecí y pedí disculpas por el malentendido al bajarme, ante lo cual solo sonríe y mueve la cabeza en señal de que estaba todo bien.
Volví a empezar. No quedaba mucha luz y hacía cada vez más frío. Tenía una carpa, pero no tenía saco de dormir. No estaba preparado para pasar la noche afuera y no me quería arriesgar.
Después de una hora y media bajo la tenue luz de un poste a la salida de una gasolinera, seguía esperando. No se había detenido nadie. En realidad, habían parado solo buses y taxis, quienes se iban apenas les decía: “Autostop, no money, no leks”.
Ya no quería esperar más y decidí tomar el siguiente bus que viese. No era lo deseado, pero hacía frío y no tenía más chaquetas para ponerme. Sin embargo, había un problema: no tenía Leks. Crucé hacia el centro de Vorë, del otro lado de la carretera para buscar una casa de cambio. No tuve suerte, ya que estaban todas cerradas al igual que los bancos. Finalmente, utilicé el único cajero automático que estaba operativo para girar algo de efectivo. Era la única opción que tenía.
Al volver a la gasolinera, decidí intentar un poco más, solo 15 minutos. En ese rato, alguien se detuvo. Lo primero que hice al acercarme fue preguntar si era un taxista. Responde que sí, por lo cual le digo que estaba viajando a dedo por Albania y que no necesitaba un taxi. Le agradecí por parar, pero el chico insistió en llevarme. “Autostop, no money, no leks”, repetí para hacerme entender. Luego dijo que no había problema, que me llevaría igual. Dudé un poco, pero finalmente me subí igual. Ya era de noche y tenía frío.
El conductor no hablaba casi nada de inglés. Como pude, me presenté y expliqué que estaba haciendo autostop, ya que no quería malos entendidos de nuevo. Me miró y no dijo nada, por lo que asumí que entendió mi forma de viajar. Un par de km más adelante se subió otra persona que también iba a Durrës. Mientras conversaban, miré el mapa en el teléfono para ubicarme y saber cuánto faltaba para llegar. Me tranquilizaba saber que iba en camino a una ciudad y que no iba a pasar la noche en la calle.
Te dejo este artículo sobre mi primer gran viaje haciendo autostop por Alemania, donde comparto algunos consejos para hacer autostop por Europa. Seguro te interesará.
Pero la tranquilidad duraría poco, ya que el auto se detuvo súbitamente en medio de la carretera. El conductor no sabía qué pasaba, intentaba echarlo a andar, pero nada funcionaba. El auto estaba muerto. Mis nulos conocimientos de mecánica me llevaron a mirar el tablero del auto. Ahí estaba la causa: la luz roja del combustible no dejaba de parpadear. El auto no tenía más gasolina.
«Lindo lugar y momento para quedar en pana», pensé al mirar por la ventana.
El conductor se bajó a empujar y pide que le ayudemos. Me bajé con precaución por el lado que daba a la barrera de contención para evitar que me pasaran a llevar los autos que transitaban por la otra pista. Teníamos que llegar a la siguiente gasolinera, ubicada a unos 900 metros de distancia. Los bocinazos no tardaron en llegar por el atasco que se estaba formando. De pronto, apareció una patrulla que se estacionó por delante de nosotros. Un policía bajó furioso pidiéndole los papeles del auto al chico que no sabía cómo reaccionar. Lo increpó y gritó rudamente. Miró hacia donde estaba yo, pero no dijo nada. Luego se acercó otro policía y me preguntó si hablaba inglés y si tenía pasaporte. Respondí que sí y comencé a buscarlo en mi mochila, pero me interrumpió y dijo que no era necesario.
El interrogatorio terminó abruptamente, ya que el policía malas pulgas ordena que sigamos empujando. El otro policía, el tranquilo, se subió a la patrulla para escoltarnos los metros que faltan. El policía gruñón no paraba de gritar y regañar al conductor, quien lo único que hace es agachar la cabeza y empujar.
Al llegar a la gasolinera, se van sin multar al afligido conductor. Al parecer, los gritos habían sido suficientes como castigo.
Después de cargar combustible, continuamos el viaje como si nada hubiera pasado. El chico me dejó en el centro de la ciudad justo frente a la estación de autobuses. Después de agradecerle por el viaje, caminé hacia las pocas boleterías que aún estaban abiertas. En los pocos metros que recorrí, taxistas y choferes de los minibuses estacionados comenzaron a ofrecerme boletos para todo tipo de destinos que no conocía. Los ignoré amablemente y me acerqué a las ventanillas para preguntar si había alguna opción para continuar a Himara a esa hora, pero ya era muy tarde. No me quedaba otra alternativa que pasar la noche en Durrës.
Ya estaba oscuro y lo que había alrededor no se veía muy lindo. Las luces navideñas que colgaban por la avenida y los muros de los edificios en algo embellecían el lugar. Traté de conectarme a alguna señal abierta de Wifi para buscar dónde dormir, pero no había ninguna disponible. En el mapa encuentro un centro comercial cercano y hacia allá dirijo mis pasos. Tuve suerte, ya que en el lobby había una señal abierta a la que me conecté sin mayores problemas. Cinco minutos más tarde ya iba camino a un hostal que estaba a solo tres calles de distancia. Había sido un largo día y lo único que quería era un lugar para descansar y comer algo.
Lo inesperado: Albania con acento argentino
Al entrar al hostal vi una pantalla gigante con la transmisión de la final de la Copa Libertadores entre Boca Juniors y River Plate a jugarse en pocos minutos más en Madrid. Con el trajín del día había olvidado el partido. Al hacer check-in descubrí que dos de los voluntarios eran argentinos, uno de Boca y el otro de River.
Los chicos tenían todo preparado para ver la final: vino artesanal y pizza. Apenas volví a la sala después de dejar mis cosas en la habitación, me ofrecieron un poco de ambos, que tome lo que quiera, me dicen. Parece que habían notado en mi cara que no había comido mucho durante el día. Acepté la oferta y me instalé junto a la estufa a leña con una copa de vino tinto y un trozo de pizza en la segunda línea del palco improvisado que habían preparado en la sala del hostal. En las butacas principales estaban ellos sufriendo por sus colores.
Después de un partido dramático, River se coronó campeón y le daba el mejor regalo de cumpleaños que Pila (uno de los chicos) podría haber recibido. ¡Sí, estaba de cumpleaños!
A pesar de lo que se pudiese pensar, apenas sonó el pitazo final, se acercaron y saludaron fraternamente, ya que además de estar viajando juntos, también eran primos.
Mientras comía un poco más de pizza, noté que el ganador, en un minuto de intimidad, se retiró de la sala hacia un pasillo para descargar toda la emoción contenida. Lágrimas de felicidad o de pena, por no poder estar junto a los suyos celebrando su cumpleaños y la victoria, corrían por sus mejillas mientras permanecía sentado junto a una de las paredes. Me puse en sus zapatos por un momento. Pensé que habría hecho lo mismo. Para algunos, para muchos, el fútbol es algo más que un simple deporte. Es algo que traspasa fronteras y se arraiga en lo más profundo de quienes realmente se identifican con los colores de un equipo.

Así terminaba mi primer día en Albania, a 190 kilómetros de Himara, en la calidez de la sala de un hostal viendo la gran final con la impensada compañía de unos amigos argentinos y una copa de vino en la mano.
Mejor de lo que hubiera podido imaginar. Sin duda, una aventura inolvidable.
Muchas gracias Albania, «Faleminderit”, por esta gran bienvenida.
Espero que te haya gustado este relato de mi primer día haciendo autostop en Albania. Viajar de esta forma es toda una aventura y te pone a prueba a cada momento, ya que la incertidumbre es constante. Puede no ser la foma más cómoda de viajar, pero permite conectar con las personas locales de otra forma y eso me fascina.
Te espero aquí abajo, en los comentarios, déjame saber qué te ha parecido y si sabías algo de Albania.
Nos vemos en la ruta.
Patricio Repol | En Modo Viajero

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