
San Pedro de Atacama, este pequeño pueblo ubicado en medio del desierto más árido del mundo es uno de los destinos para visitar más impresionantes de Chile y, por qué no decirlo, del mundo.
Seguro más de alguno ha visto alguna fotografía de los alucinantes atardeceres en el Valle de la Luna o de las Lagunas Altiplánicas.
¡Yo vi muchas! Cada año veía por TV o por internet, imágenes de este maravilloso lugar. Me parecía muy lejano, inalcanzable, como si estuviera en otro país o en otro planeta (sus espectaculares paisajes así lo parecen).
Hasta que me animé y lo visité. Fue un gran viaje que, sin imaginarlo, estuvo marcado por la lluvia. ¿Lluvia en el desierto más árido del mundo? Sí, lluvia.
Ahora te cuento todo.
¿Cómo llegar a San Pedro de Atacama?
Yo viajé en bus desde Santiago.
En 2013 los vuelos low cost no eran opción o sencillamente no existían como hoy, por lo cual la alternativa “más conveniente” en ese momento fue viajar en bus. Primera y última vez que lo hago.
Desde Santiago a San Pedro de Atacama son más de 1600 Km de distancia, lo que significaba un viaje de 24 horas. En teoría 24, ya que el bus a la salida de Copiapó quedó parado por una falla mecánica, por lo cual el viaje se extendió a 27.
Lo repito, nunca más hago un viaje de este tipo en bus.
Cuando llegué a San Pedro, fui directo al hostal que una amiga me había recomendado. El hostal tenía una zona para instalar carpas, además de las habitaciones compartidas. Como andaba con una, elegí la zona de camping, ya que era más barata. Después de instalar la carpa y descansar un poco del viaje, salí a explorar un poco.
El pueblo es pequeño y, al recorrer sus calles, se observa de inmediato que es muy turístico. Por todas partes se pueden encontrar agencias ofreciendo excursiones como también alojamientos. La oferta es muy amplia.
Junto a la plaza central destaca la Iglesia de San Pedro de Atacama, cuya construcción actual data de mediados del siglo XVIII. Estaban haciendo algunos trabajos, por lo cual no se veía del todo bien.
Después de un par de vueltas regresé. Hacía calor y estaba cansado, las 27 horas de viaje me habían pasado la cuenta. Esa noche dormir en la carpa fue como hacerlo en un “hotel 5 estrellas”.

Al día siguiente, fui hasta el Pukará de Quitor, antigua fortaleza de piedra utilizada por los atacameños, construida en la ladera de un cerro junto al río San Pedro.
Desde el hostal eran poco más de 2 km, por lo que fui caminando. En el camino también vi a varias personas en bicicleta, opción muy conveniente para explorar los alrededores,
Tras recorrer las ruinas, subí hasta el mirador que había en lo más alto del pucará. Es espectacular, se puede ver todo en los alrededores. Los volcanes, valles y el río contrastaban con el verde de los árboles del oasis de San Pedro de Atacama. El paisaje es sobrecogedor.
En la cima también había un memorial en honor a los 25 caciques atacameños que fueron decapitados en una batalla por el control del territorio en contra de las fuerzas españolas en 1540.

Después del pukará continué caminando por el valle siguiendo el curso del río. Lento, observando el paisaje, agradeciendo la sombra que unas pocas nubes otorgaban por algunos minutos. El paseo terminó cuando llegué hasta la pequeña Capilla de San Isidro en Catarpe. Después de encontrar la iglesia, comencé el regreso al pueblo.
El río y sus escasas aguas me acompañaron en el camino. Hasta ese momento, muy pocas veces había tenido un paseo como ese.
La soledad y la belleza del paisaje me daban una inexplicable sensación de paz y tranquilidad. Por un rato dejé de pensar y me dediqué a disfrutar el maravilloso panorama.

Conociendo el Valle de la Luna en bicicleta
El día miércoles arrendé una bicicleta para ir hasta el Valle de la Luna. Hacía meses, tal vez años, que no andaba en bici. Los 15 kilómetros de distancia no me intimidaron y me pareció una buena forma de recorrer el valle con libertad.
Salí temprano, ya que por la tarde llegaba un amigo desde Santiago y la idea era pasarlo a buscar al terminal. Esa era la idea.
Con cielo despejado y mucho calor inicié la excursión. La primera parte fue relativamente fácil, ya que estaba pavimentado, pero un poco antes del ingreso comenzó el camino de tierra y también mi sufrimiento.

Como no andaba en bicicleta hace mucho tiempo, me costó agarrar el ritmo y caí varias veces. Parecía un niño aprendiendo a pedalear, literalmente. Aún llevo con cariño en mis piernas un par de recuerdos de ese paseo por el valle.
Lento, a veces pedaleando (otras caminando) avancé por el valle. Admirando, deleitándome con el sorprendente y silencioso entorno en el que estaba.
Las extrañas formaciones de roca y arena, las tonalidades de colores y el manto blanquecino provocado por la alta concentración de sal, ofrecían un paisaje alucinante, único. Lo disfruté mucho.

Una gran muralla de roca y arena, a un costado del camino, llamó mi atención. Era el Anfiteatro, uno de los lugares más famosos del valle. Lo dejé atrás y seguí pedaleando por una larga calle rodeada de pequeños y brillantes fragmentos de sal escondidos entre la arena.
A lo lejos veía a Las Tres Marías esperándome. No te confundas, no eran unas amigas, sino una extraña formación rocosa formada y tallada a lo largo del tiempo por el viento y la erosión de la sal conocida con ese nombre. ”Los vigilantes” es el otro nombre que tiene.

Había una familia paseando en auto. Apenas llegué me pidieron unas fotos. El palito “selfie” no existía hace cinco años atrás. Aproveché el momento y también les pedí un par para el recuerdo.
El clima había cambiado. Por un lado se veían nubes grises, mientras que por el otro se mantenía despejado. Estaba raro.
Decidí volver para llegar a tiempo al terminal a buscar a mi amigo, ya que no estaba siendo muy rápido con la bicicleta.
Frente al Anfiteatro, encontré a otros ciclistas. Nos tomamos algunas fotos más y seguimos juntos el viaje. Ellos eran más rápidos que yo, por lo cual no pude seguirles el ritmo y quede rezagado. A esa altura ya no quería más bicicleta.

Minutos más tarde nos encontramos de nuevo, poco antes de la entrada, para mirar los remolinos que se estaban produciendo por la tormenta que se veía venir por el norte. Las nubes cada vez más negras y el fuerte viento adelantaban lo que venía.
Nos apuramos en volver, ya que comenzó a llover un poco ¡Sí, lluvia en el desierto!
Paramos en el puesto de control. Mucho viento, truenos y relámpagos se hacían sentir con intensidad. Era impresionante el espectáculo. Nos resguardamos en una sala, ya que la tormenta alcanzó su máximo nivel. Ya no era la sal la que blanqueaba, sino los granizos que cambiaron radicalmente el panorama.

Yo no lo podía creer. De un momento a otro el desértico paisaje, el más árido del mundo, se llenaba de riachuelos bajando de los cerros y charcos de agua. En solo media hora cambió todo.
Había más personas resguardándose en la sala. Muchos de ellos estaban comenzando el paseo por el valle, pero no pudieron seguir más allá de la entrada, por lo que se tuvieron que devolver al pueblo debido a la tormenta.
Mientras estábamos conversando afuera de la sala, empezamos a escuchar gritos. Al salir vimos a un chico con las manos arriba pidiendo ayuda. A causa de los riachuelos que se formaron algunos caminos quedaron bloqueados, por lo cual no podía pasar.
Un grupo improvisado de rescate se formó para ayudarlo. La tormenta y ahora una persona atrapada necesitando ayuda eran cosas que jamás imaginé que podían pasar en ese caluroso, soleado y tranquilo día en el Valle de la Luna.
Finalmente, el chico logró cruzar por un lugar donde no había tanta agua, por lo cual nuestra ayuda no fue necesaria. No le fue fácil cruzar, en la foto siguiente verán como quedó su ropa.

¿Creo que te conté que por la tarde llegaba un amigo? Con todo lo que estaba pasando, lo había olvidado por completo.
Poco después del rescate, recibí una llamada de un número desconocido. Era mi amigo que se había conseguido un teléfono para ubicarme, ya que llevaba una hora esperándome en la estación de buses. Le di el nombre del hostel para que preguntara cómo llegar y le conté todo lo que estaba pasando. Claramente no iba a poder pasar por él.
Media hora más tarde, el grupo de ciclistas (ya éramos varios) decidió continuar el viaje de regreso al pueblo. No fue fácil para mí, ya que el camino estaba cortado en algunos puntos y era complicado pasar por el agua, además ya estaba muy cansado y no quería pedalear más.

El grupo siguió adelante y yo atrás rezagado de nuevo. Ni siquiera hice el intento de alcanzarlos. Al final volví caminando, acompañado de las últimas luces del día, en medio del humedecido y transformado paisaje del desierto de Atacama. Un atardecer inolvidable.
Pasé a dejar la bicicleta y luego regresé al hostal. El panorama era peor que en el valle, ya que estaba todo inundado. La casa no estaba preparada para recibir tanta agua. Temí por mi carpa. Por suerte, solo tenía un poco de agua por no haberla cerrado correctamente, de hecho, estaba más seca que las habitaciones que sufrieron las goteras que aparecieron en todas ellas.
Mi amigo, ¿se acuerdan de él? Había llegado y estaba esperándome para guardar sus cosas en la carpa. Era el lugar más seco del hostal.
Debido a la emergencia entre todos los huéspedes comenzamos a ayudar un poco para devolver a la normalidad las condiciones del hostal, ya que los encargados no daban abasto. Gracias a ello, se formó un muy buen grupo que continuó compartiendo los días siguientes. Cocinamos, fuimos a un par de fiestas y a ver un atardecer cerca del pukará. Todos eran muy buena onda.

Estuve una semana en San Pedro de Atacama. A causa de la lluvia no pudimos hacer todo lo que teníamos planeado, pero eso pasó a un segundo plano, ya que la buena onda de la gente que conocí y los maravillosos lugares que visité, borraron todos los inconvenientes que el mal tiempo había provocado.
El día de la tormenta ha sido uno de los más insólitos que he vivido. El Valle de la Luna, de por sí, es un lugar extraordinario, mágico. Todas las cosas que pasaron, desde volver a andar en bicicleta hasta la pequeña inundación del hostal, añadieron ingredientes, anécdotas y postales extras que transformaron esa jornada en una experiencia inolvidable.
Qué ver y hacer en San Pedro de Atacama e información práctica
- Entre enero y marzo es probable que te encuentres con “el invierno altiplánico”, fenómeno que suele provocar lluvias por todo el altiplano en los lugares sobre los 2000 metros de altura. Ojo con esto, ya que los tours pueden variar su programa original o cancelarse si llueve mucho. Eso fue lo que me pasó y al final tuve que improvisar para organizar los paseos que quería hacer.
- La oferta de alojamiento es variada, desde camping a lujosos hoteles, por lo cual depende de tus intereses y presupuesto elegir la opción más conveniente. Siempre es bueno leer las referencias y comentarios al elegir un lugar para dormir, lo cual puedes hacer fácilmente en Booking o Airbnb.
- También hay muchas agencias de turismo ofreciendo tour para visitar todos los alrededores de San Pedro.
- Los lugares que visité fueron: Geysers del Tatio, Lagunas Altiplánicas, Laguna Cejar, Toconao, Pukará de Quitor y el Valle de la Luna. Todos muy recomendables.
- Aplicaciones que utilicé: ninguna. En 2013 no conocía ninguna y mi teléfono apenas sacaba fotos.
¡Qué linda experiencia fue mi visita al Valle de la Luna en San Pedro de Atacama! Pasan los años y aún recuerdo con cariño y una sonrisa en la cara lo vivido ese día de sol y tormenta en el valle del desierto más árido del mundo.
Espero que esta historia te motive a visitar este maravilloso lugar. No lo dudes y tampoco le tengas miedo a la lluvia.
Nos vemos en la ruta.
Patricio Repol | En Modo Viajero
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